Polémica en Santa Marta por estudiante que quiso vivir la experiencia de ser prepago por una noche: Esto fue lo que vivió.

La historia de la joven comunicadora social de profesión ha traído un sin número de críticas por parte de la ciudadanía, que ve en estos actos una forma de incitar a las jóvenes a tomar estos malos caminos.

El diario samario Santa Marta Al Dia publicó hace unos días la historia de una estudiante que quiso vivir la experiencia del gran mercado de la prostitución y acompañantes que se oferta en la ciudad de Santa Marta. Durante una noche estuvo con un proxeneta y fue dama de compañía de un turista extranjero. Su nombre no es revelado para protección de la misma. A continuación te mostramos la experiencia vivida de la joven.

La Historia

Después de escuchar a varias amigas conversar acerca de los restaurantes donde cenaban, toda la plata que recibían en tan pocas horas y lo bien que se sentían, quise experimentar por cuenta propia lo que se sentía ser una dama de compañía.

Después de presentarnos, el que sería mi proxeneta me preguntó, sin muchos adornos en nuestra conversación:

“¿Tienes experiencia trabajando? necesito saber si eres virgen, porque de ser así podemos venderla o te la quito yo para que comiences a tener experiencia”.

Mi reacción fue sólida. De mi boca salió un no rotundo, por dentro me consumía el nervio, pero yo quería más, saber todo sobre este mercado.

Colombia tiene registro de 9.744 prostitutas, según censo realizado por la Policía Nacional. La clandestinidad de esta actividad permite desconocer la verdadera cifra de mujeres implicadas en este oficio.

Decidí mostrar una de las realidades más crudas de la mujer colombiana, un trabajo sin prestaciones, ni seguro social, pero si con enfermedades laborales.

Contacté una página de acompañantes en la ciudad de Santa Marta. Poniendo en marcha mi plan, mandé un mensaje de texto al número de teléfono que allí aparecía. Horas después me contactaron y pidieron una cita. Yo escogía el lugar y la hora, así que me cité con mi proxeneta en un lugar público.

Con todas las consecuencias a que esta reunión conllevaba. Nos presentamos y al grano.

Este hombre pauta muy bien a sus próximas trabajadoras. Especifica cifras: $120.000 por compañía, en este caso no hay sexo y puede haber besos según tu gusto; tener relaciones con el cliente implica un valor de $180.000, sin incluir oral; pasar el fin de semana ya sea en reservas o cualquier actividad implica $1.000.000.

Cada una de estas cantidades tiene un porcentaje para el proxeneta, por ser el relacionista. Aquí no te preguntan si estás de acuerdo, ni mucho menos si entras a la labor, esas preguntas no las vas a escuchar. Lo próximo es un número de contacto verificable porque puede haber “clientes molestos”.

“Algunos usuarios beben y se ponen violentos, por eso debes darme un número de alguna amiga por emergencia. Nunca ha pasado nada a mayores, yo siempre estoy esperando en el carro afuera de los moteles y restaurantes. Tú no te mueves en ningún carro de cliente, ni das tu número de teléfono personal” dijo con tono enérgico quien sería mi próximo jefe.

Estas medidas estrictas se han tomado en este negocio luego de la polémica desatada por el caso mediatizado de la prostituta Dania Londoño en Cartagena, la prepago que puso en jaque al cuerpo de seguridad del expresidente norteamericano Barack Obama en abril de 2012.

Lo próximo a este diálogo fue “para esta noche te tengo un cliente, es un peruano, solo van a comer, estate lista a las 7:00 de la noche”.

Le dije: bueno, no hay problema. Ya a estas alturas del partido me sentía comprometida. Era el momento para decir que tenía algún compromiso o que simplemente no quería, pero yo estaba dispuesta a ir más allá, para experimentar que hay después del resonado “yo paso por ti y después vamos por el cliente”.

Antes de las 7:00 pm ya tenía un mensaje, “en pocos minutos paso por ti”. En ese momento puse en acción mi plan. Me recogió dos cuadras arriba de mi casa. no iban tan arreglada y dejando mucho a la imaginación, porque no iba a prostituirme, ni tampoco tenía que vender mi cuerpo de manera visual.

Me monté al carro y de camino a recoger al cliente, mi proxeneta iba hablando por teléfono cuadrando una posible cita con otra chica:

“Le cobras $180.000, recuerda que te los debe entregar antes. Después de ahí, para adelante, ya tú sabes”. (Cuelga la llamada).

Mientras cruzábamos calles y se hacían eternos los minutos surgieron preguntas de mi vida personal: “¿tienes novio?, ¿con quién vives?” y algunas otras como para romper el hielo. Llegamos hasta donde se encontraba el cliente peruano. De reojo pude ver que era alto y su acento inconfundible. Entró al carro y se sentó en el asiento de atrás. Solo dijo al conductor:

“Buenas noches… y… a donde siempre…”

Este fue el único momento de la noche en el que sentí miedo, además de curiosidad. Quería saber cómo iba a narrarle al mundo esta historia y denunciar estos trabajos clandestinos. Como es la vida nocturna de algunas chicas que buscan diversión y dinero en la ciudad de Santa Marta.

Según el Código Nacional de Policía: “Ejerce la prostitución la persona que trafica habitualmente con su cuerpo, para satisfacción erótica de otras varias, con el fin de asegurar, completar o mejorar la propia subsistencia o la de otro” […] “El Estado utilizará los medios de protección social a su alcance para prevenir la prostitución y para facilitar la rehabilitación de la persona prostituida”.

Por lo menos en Santa Marta este último párrafo del código no se aplica, el sector más concurrido es la famosa esquina de la calle 10 en pleno centro histórico, en donde se encuentran mujeres que cobran distintos precios por sus servicios sexuales. Esto para la sociedad se ha vuelto parte de Santa Marta y totalmente normal, más allá de eso se desconoce que a estas mujeres se les dé una prestación de salud o alguna rehabilitación.

Llegamos a un restaurante-bar, en la carrera primara, con poca luz y poco concurrido. Nos bajamos del carro y el peruano me saluda por primera vez. Me dice su nombre y yo le digo el mío. Era alto, cabello lizo algo claro, barba perfilada, velludo.

Nos sentamos y lo siguiente fue un desahogo de su vida. No había preguntas incómodas, pero sí silencios, porque yo sentía que no debía conocer tanto de su vida, pero él necesitaba contármela. Luego de un rato de conversación me dijo: “No creas que yo estoy buscando sexo, solo quiero una compañía para cenar”.

Terminando todo, recogidos los platos de la mesa, con la cuenta paga, me levanté y pregunté ¿Nos vamos? Aunque en ese momento no creí que fuera todo.

Me imaginé muchas situaciones a la salida del restaurante, pero por suerte no ocurrió nada. Nos dirigimos al carro, el proxeneta siempre esperando, nos montamos al vehículo. Dejaron a mi acompañante en su lugar de destino y fue en ese momento cuando empecé a pensar en donde me iba a bajar.

Era tarde y no quería tener nada que ver con él, tampoco le podía decir que me dejaran en mi residencia. En medio del camino se me ocurrió que me dejara en el Parque de los Novios, una de las zonas más concurridas de la ciudad. Allí llegamos, el me entregó mi dinero y fui libre.

Un enorme peso y varios kilos de temor se quedaron en ese carro. Mi historia estaba completa, no tenía que volver a hacerlo y ni volver a contestar una llamada o mensaje de ese número. Él no sabía mi identidad.

Transcurridos varios días sigo construyendo esta crónica y cuando por fin la he terminado puedo decir que me voy a gastar los $100.000 fruto de mi trabajo. Fui prepago por una noche.

¿Qué opinas de la decisión de esta joven de sumergirse en el mundo de la prostitución en la ciudad de Santa Marta por una noche?

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